Robin Hood
Robin Hood El sargento ordenó alto.
—No, ¡marchaos, marchaos!
El sargento volvió a indicar la marcha.
—¿Y dónde vais así, miserables?
El sargento ordenó alto por segunda vez.
—¡Os digo que salgáis de una vez, perros plomizos, milicia de caracoles, salid!
Esta vez la patrulla salió por la puerta, y aún rugía el viejo barón cuando estaban llegando a su puesto.
Robín había seguido atentamente las diversas fases de esta interesante conversación entre Fitz-Alwine y el sargento; estaba aturdido y miraba al fogoso y extraño señor del castillo de Nottingham con ojos más asombrados que espantados.