Robin Hood
Robin Hood Aproximadamente cincuenta años, estatura media, ojos pequeños y vivos, nariz aguileña, largos bigotes y espesas cejas, los rasgos enérgicos, la cara colorada e inyectada en sangre y una extraña expresión de salvajismo en todas sus maneras, éste es su retrato; llevaba una armadura desconchada y un ancho sobretodo de tela blanca sobre el que destacaba la cruz roja de los paladines de Tierra Santa. En esta naturaleza eminentemente inflamable, vitriólica por así decirlo, la menor contrariedad provocaba terribles explosiones; una mirada, una palabra, un gesto que le desagradaba, le convertían en un enemigo implacable que no pensaba ya más que en venganza, venganza a muerte.
El tono del interrogatorio que iban a sufrir nuestros dos amigos anunciaba nuevas tempestades. De forma sardónica y con cruel ironía, el barón exclamó:
—¡Adelante, joven lobo de Sherwood, y tú también, monje vagabundo, gusano de convento, ven aquí! Ya me contaréis, espero, sin engaños, por qué os habéis atrevido a entrar en mi castillo y qué plan de bandoleros ha hecho que dejéis la leña uno y la palmatoria el otro. Hablad con franqueza, pues de lo contrario conozco un maravilloso procedimiento para arrancar las palabras del gaznate de los mudos, y, ¡por San Juan de Acre!, este procedimiento lo emplearé en vuestro pellejo de blasfemos.