Robin Hood

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Robín lanzó una mirada de desprecio sobre el barón y no se dignó responderle: el monje guardó el mismo silencio y apretó convulsivamente entre sus manos el valiente bastón, la noble rama de cornejo que ya conocéis y sobre la que siempre se apoyaba, lo mismo al andar que estando parado, para adoptar un cierto aspecto venerable.

—¡Ah! no respondéis; ¿os enfurruñáis, caballeros, y no puedo saber a qué motivo debo el honor de vuestra visita? ¡Sabed, señores, que os completáis a la perfección: un bastardo «outlaw» y un mugriento mendigo!

—Mientes, barón —respondió Robín—, yo no soy el bastardo de un proscrito y el monje no es un mendigo mugriento; ¡mientes!

—¡Vaya! el perro de los bosques se atreve a desafiarme, a insultarme —gritó el barón estallando de cólera—. ¡Hola! ¡Puesto que tiene las orejas tan largas le clavarán de ellas en la puerta principal del castillo y le darán cien azotes!

Robín, pálido de indignación, pero conservando la sangre fría, permanecía mudo y miraba fijamente al terrible Fitz-Alwine mientras que tomaba una flecha de su carcaj. El barón se estremeció, pero no pareció comprender la intención del joven. Pasado un instante de silencio, continuó en tono menos violento.


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