Robin Hood
Robin Hood —La juventud mueve mi misericordia, y, a pesar de tu impertinencia, no te haré arrojar inmediatamente a un calabozo, pero es preciso que contestes a mis preguntas, y al responder debes recordar que si te dejo vivir es por bondad de alma.
—No estoy en vuestro poder tan absolutamente como creéis, noble señor —respondió RobÃn con desdeñosa sangre frÃa—, y la prueba de ello es que no contestaré a vuestras preguntas.
Acostumbrado a una obediencia pasiva y absoluta por parte de sus servidores y de los seres más débiles que él, el barón, estupefacto, se quedó con la boca abierta; después, los tumultuosos pensamientos que se agitaban en su cerebro se transformaron en palabras incoherentes y en invectivas.
—¡Oh, oh! —dijo con risa estridente—, ¡oh! ¿No estás en mi poder, osezno mal lamido? ¿Quieres guardar silencio, mestizo de mono, hijo de bruja? Con un gesto, con una mirada, con una señal, puedo mandarte al infierno. Espera, espera, voy a estrangularte con mi cinturón.
RobÃn, siempre impasible, habÃa tensado su arco y tenÃa preparada una flecha para el barón, pero Tuck intervino diciendo con voz insinuante:
—¿Su SeñorÃa no ejecutará sus amenazas, espero?