Robin Hood
Robin Hood Las palabras del monje operaron un cambio; Fitz-Alwine se volvió hacia él como un lobo rabioso hacia una nueva presa.
Robín lanzó una carcajada.
El barón, exasperado, cogió un misal y lo arrojó a la cabeza del monje con tal fuerza que el pobre Tuck, golpeado violentamente, vaciló aturdido; pero inmediatamente se rehízo, y, como no era hombre que recibiera tales regalos sin testimoniar prestamente su agradecimiento, blandió su terrible bastón y asestó un violento golpe sobre el hombro afectado de gota de Fitz-Alwine.
El noble lord saltó, rugió, mugió como el toro de un circo que acaba de recibir su primera herida, y alargó el brazo para descolgar de la pared su enorme espada de cruzado, pero Tuck no le dio tiempo; conservando la iniciativa administró un vigoroso correctivo al muy alto, muy noble y muy poderoso señor de Nottingham, el cual, a pesar de su armadura y de sus debilidades de gotoso, corría como un gamo por la habitación para escapar a los golpes del terrible bastón.
Varios minutos llevaba pidiendo socorro el barón cuando el sargento que había detenido a Tuck y a Robín abrió la puerta a medias y, con la cabeza entre las dos hojas, preguntó flemáticamente si le necesitaban.