Robin Hood
Robin Hood Fitz-Alwine, exasperado, pero concentrando su furor, abandonó su sillón y cogió su enorme espada. Un asesinato iba a ser cometido cuando se abrió la puerta dejando paso a dos hombres. Estaban ensangrentados y apenas podían andar. Sus ropas estaban desgarradas y llenas de barro; parecían salir de un combate en el que no habían logrado la victoria. Al ver a Robín lanzaron al unísono un grito de sorpresa, y Robín, no menos asombrado, reconoció a los supervivientes del grupo de bandidos que la noche anterior había atacado la casa de Gilbert Head. La cólera del barón llegó a su paroxismo cuando contaron las desdichas de aquella noche y señalaron a Robín como uno de los más terribles adversarios; no esperó a oír el final del relato para gritar con rabia:
—¡Llevaos a este miserable y arrojadle a un calabozo! Le dejaréis allí hasta que confiese lo que sabe sobre Allan Clare y nos pida perdón de rodillas por sus insolencias… y hasta entonces, ni pan ni agua, que muera de hambre.
—Adiós, barón Fitz-Alwine —replicó Robín—. Si no voy a salir de mi calabozo hasta que no cumpla esas dos condiciones, no nos volveremos a ver. Hasta nunca, pues.