Robin Hood
Robin Hood Estas palabras, pronunciadas con voz de trueno, petrificaron a los soldados, y el monje salió de la habitación sin la menor oposición. Robín iba a seguir a su amigo cuando, a una señal del barón, los soldados se abalanzaron sobre el joven, le arrebataron su arco y sus flechas y le empujaron hacia el interior del aposento.
Agotado y baldado por los golpes, el barón se había dejado caer en un sillón.
—Vamos a ver ahora —dijo cuando, tras muchos esfuerzos, pudo hablar de nuevo—, vamos a ver. ¿Acompañaste a Allan Clare? —preguntó con tranquila ironía—. ¿Puedes decirme por qué razón se ha presentado en mi casa?
—Acompañé al señor Allan Clare hasta aquí, pero ignoro la causa por la que ha venido.
—¡Mientes!
Robín sonrió con infinito desprecio, y la afectada tranquilidad del lord dio paso a una violenta explosión de cólera; pero cuanto más se desataba su cólera, más sonreía Robín.