Memorias de un burro
Memorias de un burro EL vanidoso chico que había matado a mi amigo Medor había obtenido su perdón, quizá a fuerza de bajezas, y se le permitía volver a casa de la abuelita Yo no lo podía sufrir y buscaba la ocasión de jugarle alguna treta, porque no era nada caritativo y aún no había aprendido a perdonar.
Este Augusto era cobarde y siempre estaba hablando de su valor. Un día en que su padre lo había llevado de visita y en que paseaba con los niños por el parque, Camila dió un salto atrás y dió un grito.
PEDRO.- ¿Qué te pasa?
CAMILA.- He tenido miedo de una rana, que me ha saltado encima del pie.
AUGUSTO.- ¿Las ranas te asustan, Camila? Yo no tengo miedo de ningún bicho.
CAMILA.- ¿Por qué, pues, el otro día diste un brinco cuando te dije que tenías una araña en el brazo?
AUGUSTO.- Porque no entendí lo que me decías.
PEDRO.- No es verdad, porque me dijiste: “Pedro, quítamela, te lo ruego”