Memorias de un burro
Memorias de un burro Todos se echaron a reír. Yo me puse furioso y busqué el medio de evitar aquel castigo. Hubiera querido echarme encima de ellos y morderlos a todos, pero no me atrevía por miedo a que fuesen en grupo a quejarse a la señora.
El cochero, entre tanto, entró en la cocina, salió después y pasando delante de mi, me echó al cuello un lazo corredizo; yo tiré hacia atrás para romperlo y él hacia delante para hacerme avanzar; los dos tirábamos de nuestro lado y yo sentía que la cuerda me estrangulaba; ni siquiera podía rebuznar y tuve que ceder a la tracción del cochero, que me condujo así hasta la cuadra, cuya puerta abrieron con prisa los demás criados.
Una vez dentro, el cochero cerró la puerta, cogió un látigo de carretero y empezó a pegarme implacablemente, sin que nadie tomara mi defensa.
Por más que rebuzné y me defendí, mis jóvenes amos no me oyeron, y el maldito cochero me hizo expiar a sus anchas todas las picardías de que me acusaba.
Me dejó al fin en un estado de abatimiento y de dolor imposible de describir.
Era la primera vez que me veía humillado y golpeado en aquella casa. Después he reconocido que yo me había buscado aquel castigo.