Memorias de un burro
Memorias de un burro Me eché en la hierba y lloré, no como los hombres, que derraman lágrimas, sino en el fondo de mi corazón; lloré y gemí y, por primera vez, me arrepentí sinceramente.
Reflexioné mucho tiempo, resulto a volverme bueno y a reconquistar la amistad de mis dueños y de mis camaradas, y comencé al punto el ensayo de mis buenas resoluciones.
Hacía algún tiempo que yo tenía un camarada, al que trataba muy mal; pasaba siempre delante de él, le coceaba y le mordía si trataba de pasar delante de mí; el pobre 68
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animal había acabado por ceder siempre el primer puesto y por someterse a todas mis voluntades.
Al anochecer, a la hora de entrar en la cuadra, me hallé en la puerta casi al mismo tiempo que mi camarada, que se ladeó con apresuramiento para dejarme entrar el primero; pero como había llegado algunos pasos antes, yo me detuve a mi vez y le hice signo de pasar. El pobre asno me obedeció temblando, inquieto por mi cortesía y temiendo una jugarreta, tal como un bocado o una coz. Se quedó muy sorprendido al verse sano y salvo.
Viendo su asombro, le dije: