Memorias de un burro
Memorias de un burro Me hirió la mala opinión que tenían de mí aquellos dos caballos. El tercero no rechistaba y me observaba atentamente. Yo lo miré con tristeza, de lo que pareció extrañado, pero continuó silencioso, observándome siempre.
Abatido por la pena y por el remordimiento, me tendí en la paja y noté que mi lecho era menos mullido y espeso que el de mi camarada. En lugar de enfadarme, como hubiera ocurrido antes, me dije que eso era justo.
“He sido malo –pensé-, y me castigan; me he hecho aborrecer y me lo hacen sentir. Aún debo estar contento de que no me hayan enviado al molino, donde me hartarían de trabajo y de palos.”
Gemí durante algún tiempo y me dormí. Al despertarme, vi entrar al cochero, que me despertó de un puntapié, desató mi cuerda y me dejó suelto; me quedé en la puerta y vi con asombro cepillar y arreglar cuidadosamente a mi camarada, ponerle la silla inglesa y dirigirlo hacia la escalinata.
Inquieto, temblando de emoción, lo seguí. ¡Cuáles no fueron mi pesar y mi desolación cuando vi a Santiaguito, mi preferido, acercarse a mi camarada y montar en él, después de algunas dudas!
Me quedé anonadado. El buen Santiaguito notó mi pena, porque se acercó a mí, me acarició la cabeza, y me dijo tritemente: