Memorias de un burro
Memorias de un burro - ¡Pobre Cadichón! ¡Ya ves lo que has hecho! Ya no puedo montarte; mis papás temen que me tires al suelo. Adiós, pobre Cadichón, no tengas pena, que te quiero siempre.
Y se fue despacio, seguido del cochero, que le decÃa:
- Cuidado, no te acerques a Cadichón; te morderá y morderá al borriquito, porque es más malo que arrancado.
- No lo ha sido nunca conmigo, ni lo será –respondió Santiago.
69
70
Pronto los pedà de vista y me quedé en el mismo sitio, abismado en mi dolor. Lo que lo redoblaba era la imposibilidad de dar a conocer mi arrepentimiento y mis buenas resoluciones.
No pudiendo soportar el horrible peso que oprimÃa mi corazón, eché a correr sin saber adónde iba. Corrà mucho tiempo, rompiendo vallas, saltando fosos, atravesando rÃos; sólo me detuve ante un muro que no podÃa franquear.
Miré en torno mÃo. ¿Dónde estaba? Creà reconocer el lugar, pero sin poder localizarlo enteramente. Estaba sudando a mares; habÃa corrido muchas horas, a juzgar por la marcha del sol. Di la vuelta a la esquina del muro, y retrocedà con sorpresa y espanto. Me encontraba a dos pasos de la tumba de Paulina.