Memorias de un burro
Memorias de un burro Mi dolor fue aún más amargo.
- ¡Paulina! ¡Mi querida amita! –exclamé-. Tú me querías porque era bueno, y yo a ti porque eras buena y desgraciada. Después he encontrado otros amos que también me trataban con cariño. Era feliz. Pero todo ha cambiado; mi mal genio, mi vanidad, mi carácter vengativo, han destruido toda mi felicidad. No me quiere nadie.
Lloré amargamente por dentro. Un pensamiento consolador me reanimó. “Si me vuelvo bueno –me dije-, y hago tanto bien como mal he hecho, quizá mis amitos vuelvan a estimarme, sobre todo, Santiaguito… Pero ¿cómo hacer para demostrarles mi buena voluntad?”
Así meditaba, cuando oí unos pasos pesados y una voz de hombre, que decía:
- ¿Qué lloriqueas, simple? ¿Te van a dar pan las lágrimas? Y si yo no tengo nada que daros, ¿qué le voy a hacer?
- Estoy cansado, padre.
-Bueno, pues descansemos un poco a la sombra de esta pared.
Dieron la vuelta al muro y se sentaron cerca de la tumba donde yo estaba.
Reconocí con sorpresa al pobre amo de Mirliflor, a su mujer y a su hijo. Todos estaban muy flacos.
El padre me miró, se sorprendió y dijo con algunos titubeos: