Memorias de un burro

Memorias de un burro

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Al día siguiente la abuela me puso una albarda ligera y una correa al cuello; Jorge le llevó un cesto de verduras que se colocó en el regazo después de montar y nos fuimos al mercado de Mamers.

La buena mujer vendió bien sus legumbres; nadie me reconoció y yo volví con mis nuevos amos.

Viví con ellos cuatro años. Fui feliz; no hacía mal a nadie; los servía bien; quería mucho a mi amito, que no me pegaba nunca; no me cansaba demasiado; me alimentaban con abundancia. Por lo demás, no soy glotón. En verano, las mondaduras de las legumbres, la hierba que no querían los caballos ni las vacas; en invierno, heno, peladuras de patatas, nabos, zanahorias: esto nos basta a nosotros los burros.

Sin embargo, había días perores, y eran aquellos en que mi ama me alquilaba a los niños de la vecindad. No era rica, y los días que no tenía trabajo procuraba ganar algo alquilándome a los niños del castillo vecino, que no siempre eran buenos.

He aquí lo que me ocurrió un día durante uno de estos paseos.


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