Memorias de un burro
Memorias de un burro - ¡Hemos olvidado lo principal, que es pedir permiso a nuestras mamás para almorzar fuera y comer de nuestra cocina!
- ¡Vamos corriendo –exclamaron los niños-; Augusto cuidará el almuerzo!
Y todos corrieron hacia la casa y se precipitaron en el salón donde estaban reunidos sus padres.
La presencia de los niños, encarnados y sofocados, con sus delantales de cocina, que les daban traza de una cuadrilla de marmitones, sorprendió a los papás.
Después de algunas preguntas y explicaciones, el permiso fue concedido y se volvieron a todo escape a reunirse con Augusto y con el almuerzo.
Augusto habÃa desaparecido.
- ¡Augusto! ¡Augusto! –gritaron.
- ¡Aquà estoy! ¡Aquà estoy! –contestó una voz, que parecÃa bajar del cielo.
Todos levantaron la cabeza y divisaron a Augusto, encaramado en lo alto de una encina, y que bajaba con lentitud y cuidado.
- ¿Por qué has trepado ah� ¿Qué idea te ha dado? –dijeron Pedro y Enrique.
Augusto seguÃa bajando sin contestar.
Cuando estuvo en el suelo, los niños vieron con sorpresa que estaba pálido y temblando.
MAGDALENA.- ¿Qué te ha sucedido, Augusto?