Memorias de un burro
Memorias de un burro AUGUSTO.- Sin Cadichón no habrÃais encontrado ni a mà ni el almuerzo; me he subido a la encina para salvar la vida.
PEDRO.- Cuéntanos… ¿Cómo ha podido ser eso?
CAMILA.- Escuchemos comiendo, que me muero de hambre.
Se colocaron en la hierba, en torno del mantel.
Camila sirvió la tortilla, que todos encontraron excelente. Isabel sirvió a su vez las chuletitas que estaban buenas, aunque demasiado asadas.
Todo fue elogiado y todo estuvo bien servido. Mientas comÃan, Augusto contó lo que sigue:
- Apenas os fuisteis, cuando vi acudir dos perrazos de presa, atraÃdos por el olor de la comida; agarré un palo y creà que los podrÃa echar. Pero ellos veÃan las chuletas, la tortilla, el pan, la mantequilla, la leche; en vez de tener miedo del palo, quisieron tirarse sobre mÃ, y uno me saltó a la espalda…
ENRIQUE.- ¿Cómo? ¿Entonces es que le habÃas vuelto la espalda?
AUGUSTO.- (Enrojecido.) No, pero es que yo habÃa tirado el palo, y como ya no tenÃa nada para defenderme, comprenderás que no me iba a dejar devorar por aquellos perrazos hambrientos.
ENRIQUE.- (Burlón.) Comprendido: giraste sobre los talones y pies para qué os quiero.