Memorias de un burro

Memorias de un burro

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El escondite

Yo era feliz, pero mi dicha había de terminar pronto.

El padre de Jorge era soldado; volvió a su pueblo, trajo algún dinero, que le había dejado al morir su capitán, y la cruz, que le había dado su general.

Compró una casa en Mamers, se llevó a su niño y a su anciana madre, y me vendió a un vecino que tenía una pequeña granja.

Yo estuve muy triste al dejar a mi buena dueña y a mi buen amito Jorge; los dos habían sido buenos para mí y yo había cumplido bien mis deberes.

Mi nuevo dueño no era malo, pero tenía la tonta manía de querer hacer trabajar a todo el mundo, a mí como a los demás.

Me engancharon a un carrito y me hacían transportar tierra, estiércol, manzanas, leña. Yo empezaba a volverme perezoso; no me gustaba estar enganchado y, sobre todo, no me gustaban los días de mercado.

No me cargaban demasiado y no me pegaban, pero ese día tenía que permanecer sin comer desde la mañana hasta las tres o las cuatro de la tarde. Cuando el calor apretaba, yo me moría de sed y había que esperar a que todo estuviese vendido y cobrado, que se hubiera despedido de los amigos y que se hubieran echado unos tragos.

No era yo muy bueno entonces; quería que me tratasen con cariño, sin lo cual trataba de vengarme.


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