Memorias de un burro
Memorias de un burro Yo vivía miserablemente a causa del invierno; había escogido una floresta, donde apenas si hallaba lo justo para no perecer de hambre y de sed.
Cuando el frío helaba los arroyos, comía nieve; me alimentaba de cardos y dormía bajo los abetos.
Iba algunas veces a los alrededores de un pueblo situado fuera del bosque, para saber lo que pasaba por el mundo.
Un día, al comenzar la primavera, vi mucha animación y cierto aire de fiesta en el pueblo, y (lo que más me sorprendió) todos los burros de la comarca reunidos, muy peinados y cepillados, algunos hasta adornados de flores.
“¡Qué raro! –pensé-. ¿Qué hacen aquí todos estos camaradas tan peripuestos? ¡Y
qué gorditos están!”, y me miré a mí mismo, flaco, sucio, con los pelos hirsutos; pero me sentía fuerte y vigoroso.
Me acerqué para saber lo que significaba esta reunión de asnos, cuando uno de los mozos que estaba con ellos me vió y se echó a reír:
-¡Mirad qué burro tan elegante se nos viene aquí!
-¡Y qué lucido! –exclamó otro-. ¿Vendrá para el concurso?
-Pues que corra también –dijo otro-; no hay miedo de que se lleve el premio.