Memorias de un burro

Memorias de un burro

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Eché un trotecillo y me coloqué detrás del último burro; desde allí lancé un vigoroso rebuzno.

ANDRÉS.- ¡Hola, amigo! Acaba tu música y lárgate. No tienes amo y estás demasiado facha para el concurso.

Me callé, pero sin moverme de sitio. Unos se reían, otros se enfadaban.

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TÍA TRANCHET.- Si no tiene amo, va a tener ama. Ya lo conozco ahora; es Cadichón, el burro de la pobre señorita Paulina; lo echaron cuando la niña no estuvo allí para protegerlo y yo creo que ha vivido todo el invierno en la floresta, porque nadie lo ha vuelto a ver desde entonces. Lo tomo, pues, a mi servicio y va a correr par mí.

-¡Cadichón! –decían de todas partes-. ¡Es el famoso Cadichón!

Yo me acerqué a la tía Tranchet, le hice una reverencia y una pirueta, con aire tan de propósito, que los mozos empezaron a temer que yo ganase el premio.

ANDRÉS.- (Bajito.) Oye, Juanico: Cadichón tiene pinta de listo y a lo mejor nos sopla el reloj.

JUANICO.- ¡Qué va! ¡Vaya una facha que hace! Nos vamos a reír… No irá muy lejos.

ANDRÉS.- ¡Qué sé yo! Vamos a ofrecerle avena para hacer que se largue.


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