Memorias de un burro
Memorias de un burro Anda, ve a buscar un poco y haremos que se vaya antes que se dé cuenta la tía Tranchet.
Yo lo había oído y entendido todo; así que, cuando vino Andrés con un pienso de avena, yo me dirigí a la tía Tranchet, que charlaba con unos amigos. Andres me siguió y Juanico me tiró de las orejas para hacerme volver la cabeza, creyendo que yo no veía la avena.
No me moví, a pesar de lo que me apetecía. Entonces comenzaron a empujarme y yo solté un rebuzno con mi más hermosa voz. La tía Tranchet se volvió y notó la maniobra.
-¿Qué es eso, chicos? No hay que llevarse a Cadichón. Tenéis miedo de él, a lo que parece.
ANDRÉS.- ¿Miedo de ese cochino burro? ¡Miedo vamos a tener!
TÍA TRANCHET.- ¿Pues por qué tiráis de él?
ANDRÉS.- Era para darle este pienso.
TÍA TRANCHET.- (Con aire burlón.) ¡Eso es otra cosa! Echadle la avena en el suelo, que coma a sus anchas.
Andrés y Juanico estaban avergonzados y descontentos, pero lo disimulaban. Yo estaba encantado. Comí la vena con avidez, y sentí que me renacían las fuerzas.
En éstas, el alcalde manda alinear en orden a los burros: yo me puse modestamente a la cola. Como aparecí solo, preguntaron a quién pertenecía.
-A nadie –dijo Andrés.