Memorias de un burro

Memorias de un burro

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y agotado, pero feliz y triunfante. Escuché con regocijo los aplausos de los miles de espectadores que bordeaban el prado.

Adopté un aire vencedor y volví orgullosamente hasta la tribuna del alcalde, que debía dar el premio. La tía Tranchet se acercó a mí, me acarició y me prometió un buen pienso de avena. Ya tendía la mano para alcanzar el reloj que el alcalde iba a darle, cuando Andrés y Juanico llegaron gritando:

-¡Espere, señor alcalde! Eso no es junto. Nadie conoce ese burro; no le pertenece a la tía Tranchet que a un recién llegado. Ese burro no cuenta, y el de Juanico ha sido el primero; con que el reloj tiene que ser para él.

Otro dijo:

-El burro de la tía Tranchet es verdaderamente quien lo ha ganado.

-Señor alcalde: reúna al Consejo Municipal y no decida usted solo.

El alcalde pareció indeciso; cuando yo vi que titubeaba, agarré bruscamente el reloj con los diente y lo puse en las manos de la tía Tranchet, que estaba temblando, en espera de la decisión del alcalde.

Esta acción inteligente puso a los risueños de nuestra parte, y me valió aplausos atronadores.


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