Memorias de un burro
Memorias de un burro Me quedé solo en el prado. Estaba triste, y mi cola me hacía sufrir.
Me preguntaba a mi mismo si los burros no eran mejores que las persona, cuando sentí que una suave mano me acariciaba y oí una voz dulce que decía:
-¡Pobre burro! ¡Qué malos han sido para ti! ¡Ven, pobre animal, ven a casa de abuela, que te dará de comer y te cuidará! ¡Pobre! ¡Qué flaco estás!
Me volví y vi un lindo pequeño de cinco años; su hermanita, de unos tres años, acudía con la niñera.
JUANA.- Santiago, ¿qué le dices a ese pobre burro?
SANTIAGO.- Le digo que se venga a vivir a casa de abuela. ¡Está solo!
JUANA.- Si, Santiago; espera, voy a montarme. Chacha, chacha, súbeme…
La niñera puso a la niña en mi lomo; Santiago quiso guiarme, pero yo no tenía bridas.
-¿Qué hacer, chacha?- preguntó Santiago, que tenía gana de hacer pucheritos.
LA CHACHA.- Vamos al pueblo a pedir una cuerda. Ven, Juanita, baja del borriquito.
JUANA.- (Agarrándose a mi cuello.) No, no quiero bajar; quiero que me lleve a casa.
LA CHACHA.- Pero no tenemos cuerda para hacerle andar. Ya ves que no se mueve, como si fuera de piedra.