Memorias de un burro
Memorias de un burro SANTIAGO.- Espera, chacha, vamos a ver. Yo sé que se llama Cadichón: me lo ha dicho la tía Tranchet. Voy a acariciarlo y a ver si nos sigue.
Santiago se me acercó y me dijo, acariciándome:
-¡Anda, Cadichoncito, anda!...
La confianza de la criatura me conmovió; noté con placer que en vez de pedir un palo para obligarme a andar, recurría a los medios de la dulzura y del cariño. Así, que en enseguida me puse en marcha.
-¡Ya lo ves, chacha, me ha entendido! –Exclamó Santiago, lleno de alegría, y corriendo delante para enseñarme el camino.
LA CHACHA.- ¡Un burro va a entenderte! Anda porque se aburre aquí.
SANTIAGO.- ¿Pero no ves cómo me sigue?
LA CHACHA.- Porque huele el pan que llevas en el bolsillo.
SANTIAGO.- ¿Tendrá hambre, chacha?
LA CHACHA.- De fijo. Mira qué flaco está.
SANTIAGO.- Es verdad. ¡Pobre Cadichón!
Y sacando de su bolsillo el pedazo de pan que la chacha le había puesto para merendar, me lo presentó.
Yo estaba ofendido de la sospecha de la niñera y estuve contento de poder demostrarle que había juzgado mal, que yo no seguía a Santiago por interés y que llevaba a Juana por pura complacencia.