Memorias de un burro

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Cadichón, enfermo

Al día siguiente, toda mi tarea fue la de pasear a los niños durante una hora.

Santiago me traía por sí mismo la avena, y, a pesar de las observaciones de Bouland, me daba como para alimentar a tres asnos. Yo me lo zampaba todo, tan campante. Pero al tercer día me sentí mal; tenía fiebre y me dolían la cabeza y el estómago; no pude comer avena ni hierba y permanecí tendido en la paja.

Cuando Santiago vino a verme, dijo:

-Vamos, Cadichón, ya es hora de que te levantes; aquí te traigo avena.

Trate de levantarme, pero mi cabeza recayó pesadamente en la paja.

-¡Ay Dios mío! ¡Cadichón está malo! Bouland, Bouland, acuda…

Bouland se acercó al pesebre y vió que yo no había comido.

Me tocó las orejas.

-Tiene las orejas calientes…

-¿Y qué quiere decir eso? –exclamó el pobre niño, alarmado.

-Eso quiere decir que tiene calentura, que le has dado demasiado que comer y hay que llamar al veterinario.

-¿Qué es un veterinario? –preguntó Santiago, cada vez más asustado.


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