Memorias de un burro

Memorias de un burro

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-Se habrá escapado- decía otro.

-No le cansará la carga- añadía un tercero.

-Atrápale- dijo una mujer a su marido-, y montamos al pequeño en la albarda.

Yo, queriendo dar buena opinión de mi buen carácter, me acerqué a la aldeana y me paré delante de ella, por si quería subirse en mi albarda.

-¡No tiene traza de malo!- dijo el hombre, ayudando a su mujer a montarse.

Yo sonreí oyendo esto. ¡Malo! ¡Como si un burro bien tratado fuese nunca malo!

Si nos volvemos furiosos, desobedientes y testarudos, sólo es para vengarnos de las palizas que recibimos. Cuando nos tratan bien, somos buenos, mucho mejores que otros animales.

Llevé a su casa a la mujer y a su hijo, un bonito niño de dos años, que me acariciaba y que hubiera querido guardarme para él. Pero pensé que eso no estaba bien.

Mis amos me habían comprado y yo les pertenecía. Ya estaba bastante vengado con mis coces. Viendo que la mamá iba a ceder al deseo de su niño, di un salto de lado, y antes que hubiera podido coger la brida, huí galopando y volví a mi casa-Marieta, la hija de mi amo, fue la primera en verme.

-¡Ah! Ve ahí a Cadichón. ¡Qué pronto ha vuelto! Julio, ven a quitarle la albarda.


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