Memorias de un burro
Memorias de un burro -¡Maldito burro! –dijo Julio con mal talante-. Siempre hay que ocuparse de él
¿Por qué vuelve solo? Apuesto a que se ha escapado. ¡Mala bestia, toma! –añadió, dándome un puntapié en las patas-. Si supiera que te habÃas escapado, te arrearÃa cien vegajazos.
Acababan de quitarme la albarda y rienda y huà a galope.
A poco oà gritos que llegaban de la granja. Saqué la cabeza por entre unos setos y vi que habÃan llevado a mi ama; Sus hijos eran los que chillaban. OÃa que Julio decÃa a su padre:
-Padre, voy a coger el látigo del carretero; ataré el burro a un árbol y le pegaré hasta hacerle caer a palos.
-Ve, hijo, pero no lo mates, que perderÃamos lo que nos ha costado. Lo venderé en la próxima feria.
Yo me eché a temblar viendo a Julio correr hacia la cuadra para buscar el látigo.
No habÃa que vacilar, y esta vez, sin más escrúpulos, corrà a los setos que me separaban del campo, salté por encima y corrÃ, corrà mucho tiempo, creyendo siempre que me perseguÃan. Por fin, no pude más, y me detuve y escuché… No oà nada. Entonces respiré y empecé a alegrarme de verme libre de tan malvados dueños.
