Memorias de un burro
Memorias de un burro 35
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Se levantó y siguió a los niños a la cocina, donde la chiquita estaba acabando de comer.
La señora la interrogó y obtuvo las mismas respuestas. Se encontró sin saber qué hacer. Dejar en su abandono a aquella criatura le parecía imposible. Guardarla allí, era difícil, ¿A quién confiarla?
-Escucha –le dijo-: en espera de que yo me informe y sepa si has dicho la verdad, dormirás y comerás aquí. Y dentro de unos días, ya veremos lo que hacemos.
Dio órdenes para que preparasen una cama para la niña y para que no le faltase de nada.
Pero la pobrecilla estaba tan cochinísima que nadie quería tocarla ni acercarse.
Teresa estaba desolada; no podía obligar a los criados de su tía a hacer lo que les repugnaba.
“Soy yo quien la ha traído aquí –pensaba-; mío debe ser el cuidado. ¿Qué hacer?”
Se le ocurrió una idea, y corrió hacia su mamá.
TERESA.- Mamá, yo tengo que tomar un baño, ¿verdad?
LA MAMÁ.- Sí, hijita; la chacha te espera.
TERESA.- ¿Me permites que bañe en mi lugar a la pobrecita que hemos traído aquí?
LA MAMÁ.- ¿Qué pobrecita?