Memorias de un burro

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Se levantó y siguió a los niños a la cocina, donde la chiquita estaba acabando de comer.

La señora la interrogó y obtuvo las mismas respuestas. Se encontró sin saber qué hacer. Dejar en su abandono a aquella criatura le parecía imposible. Guardarla allí, era difícil, ¿A quién confiarla?

-Escucha –le dijo-: en espera de que yo me informe y sepa si has dicho la verdad, dormirás y comerás aquí. Y dentro de unos días, ya veremos lo que hacemos.

Dio órdenes para que preparasen una cama para la niña y para que no le faltase de nada.

Pero la pobrecilla estaba tan cochinísima que nadie quería tocarla ni acercarse.

Teresa estaba desolada; no podía obligar a los criados de su tía a hacer lo que les repugnaba.

“Soy yo quien la ha traído aquí –pensaba-; mío debe ser el cuidado. ¿Qué hacer?”

Se le ocurrió una idea, y corrió hacia su mamá.

TERESA.- Mamá, yo tengo que tomar un baño, ¿verdad?

LA MAMÁ.- Sí, hijita; la chacha te espera.

TERESA.- ¿Me permites que bañe en mi lugar a la pobrecita que hemos traído aquí?

LA MAMÁ.- ¿Qué pobrecita?


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