Memorias de un burro
Memorias de un burro arreglarle la compresa y la venda; tan pronto estaba muy apretada como demasiado floja, o muy alta o muy baja; las niñas disputaban y daban tirones al pie de la pobrecilla, que no se atrevía a quejarse. Por fin, el pie quedó vendado y le pusieron medias y unas viejas zapatillas de Teresa.
Cuando la pequeña entró en la cocina, nadie la conocía.
- ¿Es posible que ésta sea aquel horror de hace un rato? –decía un criado.
-La misma, pero es otra, porque está muy guapa y antes metía miedo –decía otro.
EL COCINERO.- Ya es mérito en la señora y en sus nietas el haberla limpiado así, porque yo, ni por veinte francos lo hubiera hecho.
EL COCHERO.- Cadichón me parece que anda escuchando por las puertas; de todo se entera; no he visto un burro más astuto.
El cochero me llamó y me llevó a la cuadra, y después de quitarme la albarda y darme mi pitanza, me dejó solo, es decir, en compañía de los caballos y de un burro, a quien yo despreciaba demasiado para entrar en compañía con él.
Al día siguiente, por la tarde, me pusieron la albarda, montaron a la mendiga y seguidos por las cuatro niñas, a pie, fuimos al pueblo.