Memorias de un burro

Memorias de un burro

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ENRIQUE.- Eso es verdad. Papá tiene cuarenta y dos años; Pedro, quince, y yo, trece. ¡Qué diferencia!

AUGUSTO.- ¡Pues y mi padre, que tiene ya cuarenta y tres años! Y yo ¡sólo catorce!

PEDRO.- Oye, voy callandito a ponerle a Cadichón la albarda y los cestos. Nos seguirá y le haremos cargar con la caza.

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AUGUSTO.- Sí, sí. Haz que le pongan grandes cestos, porque, a lo mejor, cazamos un corzo.

Yo me reía a socapa de su previsión. Estaba seguro de volver con los cestos tan vacíos como a la ida.

-¡En marcha! –dijeron los papás-. Muchachos, seguidnos de cerca… Pero, ¿qué es esto? ¿Cadichón nos sigue?... ¿Y esos dos enormes cestos?

-Es para la caza de los señoritos –dijo el guarda con mucha risa.

EL PAPÁ.- ¡Ja, ja! Se han empeñado en traerlo…

Y miró sonriendo a Pedro y a Enrique, que se daban aire de chicos desenvueltos.

ENRIQUE.- ¿Tu fusil está cargado, Pedro?

PEDRO.- Todavía, no; es tan duro de cargar, que prefiero esperar a ver aparecer una perdiz.

EL PAPÁ.- Ya estamos en el llano; ahora tiremos todos siempre al frente, para no herirnos.


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