Memorias de un burro
Memorias de un burro Las perdices no tardaron en salir de todas partes; yo me quedé prudentemente detrás y un tanto lejos; hice bien, porque un perro rezagado recibió los perdigones.
Los tiros partían hacia el frente. Yo no perdía de vista a mis tres jóvenes fanfarrones; veía que tiraban a menudo, pero no cogían nada: ni liebre ni perdiz. Se impacientaban, tiraban al azar, demasiado lejos o demasiado cerca.
Los papas hacían, al contrario, buena faena: tantos tiros, tantas piezas en sus morrales.
Después de dos horas de caza, el papá de Pedro y de Enrique se les acerco.
-¿Qué, muchachos, habéis cargado mucho a Cadichón, o queda aún un hueco para vaciar yo mi morral, que está demasiado lleno?
Los chicos no contestaron. Yo me acerqué corriendo y giré uno de los cestos hacia el papá.
EL PAPÁ.- ¿Cómo? ¿Nada dentro? Vuestros morrales van a reventar si los llenáis demasiado.
Los morrales estaban aplastados y vacíos. El padre se echó a reír del aspecto consternado de los jóvenes cazadores, vació su morral en uno de mis cestos y se volvió hacia su perro, que estaba en espera.
AUGUSTO.- ¡Digo, si tu padre caza perdices! Como que tiene dos perros que se las llevan y nosotros no tenemos ninguno.