Memorias de un burro

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ENRIQUE.- Eso es verdad. Quizá hemos matado muchas perdices, pero como no tenemos perros que nos las traigan…

PEDRO.- Pero yo no he visto caer ninguna.

AUGUSTO.- porque la perdiz no cae al recibir el tiro: vuela cierto tiempo y va a caer muy lejos.

PEDRO.- Lo que yo veo es que cuando papá o mis tíos tiran, las perdices caen en seguida.

Todos empezaban a andar con un paso menos firme y ligero que al empezar y se preguntaban qué hora era.

-Tengo hambre –dijo Enrique.

-Tengo sed –dijo Augusto.

-Me canso –dijo Pedro.

Pero había que seguir a los cazadores, que acertaban y se divertían.

Sin embargo, para no cansar demasiado a los chicos, propusieron un alto para almorzar. Los muchachos aceptaron con alegría. Llamaron a los perros y se dirigieron a una granja, que distaba cien pasos, y adonde la abuela había mandado provisiones.

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Se sentaron bajo una encina y sacaron el contenido de los cestos: pastel de aves, un jamón, huevos duros, queso, mermeladas, confituras, un gran roscón, un enorme bizcocho y algunas botellas de vino añejo.


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