Memorias de un burro
Memorias de un burro Todos comían con excelente apetito; pero la señora había provisto con tanta largueza, que aún quedó la mitad de las provisiones para los guardas y criados de la granja.
-No habéis tenido suerte, chicos –dijo el papá de Augusto- Cadichón no anda muy cargado…
AUGUSTO.- Claro, como vosotros teníais todos los perros… Habrían buscado las perdices que hemos matado…
EL PADRE.- ¡Ah! Pero ¿es que crees que habéis alcanzado alguna?
AUGUSTO.- Ciertamente; pero como no las veíamos caer, no podíamos recogerlas.
El padre, los tíos y hasta los guardas soltaron una risa que puso a los chicos colorados de rabia.
-Escuchad –dijo el padre de Pedro y de Enrique-: puesto que habéis perdido la caza por no tener perros, ahora, cuando volvamos, tendréis cada uno el vuestro.
PEDRO.- Pero los perros no querrán seguirnos.
EL PADRE.- Para obligarlos, os llevaréis los dos guardas, y nosotros saldremos media hora después que vosotros, para que los perros no tengan la tentación de reunírsenos.
PEDRO.- (Radiante.) ¡Oh, gracias, papá! ¡Ahora sí que vamos a cazar tanto como vosotros!
Después de descansar un rato, los jóvenes cazadores emprendieron la marcha con los perros y los guardas.