Memorias de un burro

Memorias de un burro

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-Ahora si que parecemos cazadores de verdad –dijeron muy satisfechos.

Y yo, detrás de ellos, pero siempre a distancia.

Las perdices volaban de todas partes, como por la mañana; los chicos tiraban, como por la mañana, y no mataban ninguna, como por la mañana. Sin embargo, los perros cumplían con su obligación; corrían, husmeaban, buscaban…; pero no traían nada. Cuando en ésta, Augusto, impaciente, ve que se detiene uno de los perros; cree que tirando antes que la perdiz vuele la matará más fácilmente: apunta, dispara… y el perro cae, lanzando un aullido de dolor.

-¡Es nuestro mejor perro! –exclama el guarda corriendo hacia él.

Cuando llegó, el perro expiraba. El tiro le había herido en la cabeza.

-¡Buena la ha hecho usted, señorito! –dijo el guarda.

Augusto se había quedado consternado; Pedro y Enrique estaban conmovidos por la muerte del perro; el guarda, muy enfadado, lo miraba sin decir nada.

Yo me acerqué a ver quién era la desgraciada víctima de la torpeza de Augusto.


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