Memorias de un burro
Memorias de un burro -Entonces, acepto, mi buen Medor –le contesté-, porque te quiero, y te confieso que este pan me hace mucho bien, porque perezco de hambre.
Y me comà el pan de Medor, que miraba con alegrÃa cómo me lo zampaba. Me sentà fortalecido por esta inesperada merienda, y se lo dije a Medor, para que viese mejor mi agradecimiento; resultó que todos los dÃas me traÃa el mendrugo más gordo de los que le daban.
Por la noche se venÃa a acostar cerca de mÃ, bajo el árbol que yo escogÃa para dormir; entonces hablábamos sin que nadie nos oyese. Nosotros, los animales, no pronunciamos palabras como los hombres, pero nos comprendemos por otros signos, movimientos de cabeza, orejas y cola, y charlamos entre nosotros como las personas.
Un dÃa lo vi llegar triste y abatido.
-Amigo mÃo –me dijo-; temo no poder traerte ya más pan; los amos han decidido que soy ya bastante grande y debo estar atado todo el dÃa, soltándome sólo por la noche.
Además, la dueña ha prohibido a los chicos que me den pan; quiere alimentarme ella misma, para convertirme en un buen perro de guarda.