Memorias de un burro

Memorias de un burro

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-Si es por el pan que me traes por lo que tienes pena, tranquilízate; ya no lo necesito; he descubierto esta mañana un boquete en la pared del cobertizo del heno; he sacado un poco y creo que podré sacar más todos los días.

-¿De veras? –exclamó Medor-. Me alegro infinito; pero, sin embargo, me daba mucho gusto compartir mi pan contigo. Y luego, es triste estar todo el día atado y sin venir a verte.

Hablamos aún un buen rato y me dejó muy tarde.

Todo el día siguiente se pasó sin que yo viese a mi pobre amigo.

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Hacia la noche, yo lo esperaba con impaciencia, cuando oí sus lamentos. Corrí a la empalizada y vi a la malvada dueña que lo tenía agarrado por la piel del cuello, mientras Julio le daba de latigazos.

Me lancé al través de la empalizada por una brecha abierta; me arrojé sobre Julio y le mordí el brazo de modo que se le cayó el látigo de las manos. Lan granjera soltó a Medor, que se escapó: eso es lo que yo quería; yo solté también el brazo de Julio, e iba a volver a mi puesto, cuando me sentí agarrar por las orejas; era le dueña, que gritaba a Julio, toda rabiosa:


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