Memorias de un burro
Memorias de un burro -¡Trae el látigo, que yo corrija a esta mala bestia! No he visto un burro peor intencionado en mi vida. Y si no, anda, pégale tú mismo.
-No puedo mover el brazo –dijo llorando Julio-; lo tengo entumecido.
El ama recogió el látigo y corrió hacia mà para vengar al malvado de su hijo.
No hice la tonterÃa de aguardar, como podéis suponer. De un salto, me alejé fuera de su alcance. Seguimos, ella persiguiéndome y yo huyendo, muy divertido con esta carrera. VeÃa la ira de mi dueña aumentar a medida que se cansaba y que sudaba, la mala mujer ya no podÃa más y se detuvo, toda rendida.
Mi amigo estaba vengado. Lo busqué con la vista, pues lo sentà correr hacia mi cercado; pero él esperaba presentarse cuando no lo viera mi cruel dueña.
-¡Miserable! ¡Criminal! –gritaba hecha una furia al retirarse-. ¡Ya me las pagarás todas!
Me quedé solo. Medor salió tÃmidamente de su escondite; corrà hacia él.
-Ven –le dije-. Ya se ha ido. ¿Qué habÃas hecho? ¿Por qué te pegaba Julio?
-Porque cogà un pedazo de pan que uno de los niños habÃa dejado en el suelo: me ha visto, se ha abalanzado contra mÃ, ha llamado a Julio y le ha mandado que me pegase sin compasión.
-¿Y no ha habido nadie que te defendiese?