Memorias de un burro

Memorias de un burro

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Otra vez hice como que me dolía la tripa, y me revolqué por el suelo, en la carretera, con una gran carga de huevos, que se chafaron toditos; la dueña, aunque furiosa, no se atrevía a pegarme: me creía realmente doliente, y pensaba que me iba a morir y a perder el dinero que yo le había costado; así que, en lugar de pegarme, me hizo volver a casa y me dio un buen pienso. Es la mejor jugarreta que se me ha ocurrido en mi vida, y por la noche, cuando se la conté a Medor, nos tronchábamos de risa.

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Otra vez vi tendida su ropa a secar; cogí las prendas una por una, con los dientes, y las tiré en el estercolero. Nadie me vió. Cuando el ama no encontró su ropa blanca, y después de haberla buscado por todas partes, la halló entre la basura, le entró un furor espantoso; pegó a la criada, la cual pegó a los chicos, y éstos pegaron a los gatos, a los perros, a los terneros y a los corderos. Se armó una barahunda encantadora para mí, porque todos chillaban, juraban y rabiaban. Esa fue otra velada bien divertida para Medor y para mí.


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