Memorias de un burro

Memorias de un burro

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Reflexionando en todas estas maldades, me las he reprochado sinceramente, porque era vengarme sobre los inocentes de las faltas de los culpables. Medor me censuraba algunas veces y me aconsejaba más indulgencia; pero yo no le escuchaba y me volvía cada vez más malo; bien castigado estuve, como se verá más adelante.

Un día, día de duelo, un señor que pasaba vió a Medor, lo llamó, lo acarició; después fue a hablar con el amo y se lo compró en cien francos. El hombre, que creía tener un perro de poco valor, estaba encantado. Mi pobre amigo fue atado con una cuerda y conducido por su nuevo dueño; me miró con aire dolorido; yo corrí por todos lados para buscar una salida por la empalizada, pero todas las brechas estaban tapadas; no tuve siquiera el consuelo de recibir los adioses de mi querido Medor.

Desde ese día, me aburrí mortalmente; poco tiempo después ocurrió lo del mercado y mi fuga al bosque de Saint-Evroult. Durante los años que siguieron a esta aventura, yo me acordaba a veces de mi amigo, deseando encontrarle; pero ¿dónde buscar?

Cuando me llevaron al castillo de la abuelita, juzgad de mi alegría al ver, poco tiempo después, llegar con el tío y los primos Enrique y Pedro a mi amigo, a mi queridísimo Medor.


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