Cuestiones naturales

Cuestiones naturales

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El Austro las lleva a Italia; el Aquilón las rechaza al África; los vientos etesios no las dejan estacionar sobre nosotros. Estos mismos vientos, y en la misma época, derraman continuo riego sobre la India y la Etiopía. ¿Habré de añadir que las cosechas quedarían perdidas para el hombre, si el viento no separase la paja superflua del grano que ha de conservarse, si no ayudase al desarrollo de la espiga y no diese al trigo fuerza para romper la envoltura que lo cubre, a la que los labradores llaman folículo? ¿No es con el auxilio del viento como los pueblos comunican entre sí y se reúnen razas que había separado la distancia? ¡insigne beneficio de la naturaleza si el hombre en su locura no lo volviese en daño! Lo que Tito Livio y tantos otros han dicho de César, esto es, que ignoraba si hubiese sido mejor para la república su existencia o no existencia, puede decirse también de los vientos, porque su utilidad y necesidad no llegan a compensar todo lo que de ellos obtiene para su daño la demencia humana. Pero el bien no cambia de naturaleza, por culpa de los que abusan para perjudicar. Es indudable que cuando la Providencia, Dios, el gran artífice del universo, entregó el aire a los vientos que soplan de todos lados, para que nada pereciese por falta de movimiento, no fue para que flotas cargadas de armas y soldados recorriesen casi todas nuestras costas y marchasen al Océano o más allá del Océano buscándonos enemigos. ¿Qué demencia nos agita y lleva a esta mutua destrucción? Corremos a velas desplegadas al encuentro de las batallas, y buscamos peligros que llevan a otros peligros. Arrostramos la incierta fortuna, el furor de esas tempestades que el hombre no puede vencer, y la muerte sin esperanza de sepultura. ¡Ni la paz misma debería perseguirse por tales caminos! Y nosotros que hemos escapado de tantos escollos invisibles, del peligro de los bajos sembrados por do quiera, de esos cabos tan temibles contra los que empujan los vientos a los navegantes, de esas tinieblas que velan el día, de esas noches espantosas más oscuras, aún que solamente ilumina el rayo, de esos torbellinos que destrozan las naves, ¿qué fruto conseguiremos de tantas fatigas y terrores? Extenuados por tantos males, ¿qué puerto nos recibirá? La guerra, una playa cubierta de enemigos, naciones que destruir y que arrastrarán en mucha parte al vencedor en su ruina, ciudades antiguas que incendiar. ¿Por qué armamos a los pueblos? ¿por qué formamos esos ejércitos y los ponemos en orden de batalla sobre las olas? ¿por qué inquietamos los mares? ¡Tan pequeña es la tierra para nuestras discordias! La fortuna nos trata con excesiva dulzura; nos da cuerpos demasiado robustos y salud demasiado feliz. ¡El destino no nos diezma con bastante rapidez, y cada cual puede fijar a su gusto la medida de sus años y llegar suavemente a la vejez! Debemos ir al mar y desafiar allí al destino, demasiado lento para alcanzarnos. ¡Desgraciados! ¿que buscáis? ¿La muerte que en todas partes está? De vuestro mismo lecho os arrancará, y al menos, que os arranque inocente; os cogerá en vuestro mismo hogar, pero que no os coja meditando el daño. ¿De qué otra manera hemos de llamar, sino locura, esa propensión a propagar el estrago, a caer furiosamente sobre desconocidos, a devastarlo todo al pasar sin ser provocados, y a herir sin odio, como la fiera? Esta al menos no muerde jamás como no sea para vengarse o satisfacer su hambre; pero nosotros, pródigos de la sangre ajena y de la propia, surcamos los mares, los llenamos de armadas, entregamos nuestra vida a las tempestades, imploramos vientos favorables, y son favorables los que nos llevan a la matanza. Siendo malos, ¿hasta dónde nos ha llevado nuestra maldad? La tierra era pequeña para nuestros furores. Así aquel necio rey de Persia invadió la Grecia, a la que no pudo vencer su ejército aunque la llenó. Así Alejandro atravesó la Bactris y las Indias, quiso conocer lo que había más allá del mar grande, y se indignó de que el mundo tuviese límites para él.


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