Cuestiones naturales
Cuestiones naturales Así la avidez hace a Craso víctima de los Parthos, no conmoviéndole ni las imprecaciones del tribuno que le llama, ni las tempestades de tan larga navegación, ni los rayos proféticos que estallan cerca del Éufrates, ni los dioses que le rechazan. A pesar del enojo de los dioses y de los hombres, irá al país del oro. Luego no se diría sin razón que mejor fuera para nosotros que la naturaleza hubiese encadenado el soplo de los vientos, poniendo coto a tantas carreras insensatas y obligando a cada uno a permanecer en el suelo en que nace. No ganando nada en otra parte, limitaríanse a hacerse daño a sí mismos y a los suyos. Pero no tenemos bastantes males con los domésticos; debemos padecer también en tierra extraña. No hay comarca, por lejana que sea, que no pueda enviar a otra parte los males que encierra. ¿Quién puede decirme si hoy mismo el jefe de algún pueblo desconocido, colmados de los favores de la fortuna, no aspira a llevar sus armas más allá de sus fronteras y equipa flotas con ocultos destinos? ¿Quién puede decirme si tal o cual viento me traerá la guerra? ¡Parte importantísima era para la paz humana que los mares nos estuviesen cerrados! Sin embargo, como antes dije, no podemos quejarnos de Dios, autor nuestro, cuando corrompemos sus beneficios usándolos en sentido contrario a sus designios. Nos dio los vientos para mantener la temperatura del cielo y de la tierra, para atraer o retrasar las lluvias, para poder alimentar las mieses y los frutos de los árboles; la misma agitación que producen apresura, en compañía de otras causas, la madurez; ellos también hacen subir la savia, cuya aglomeración se impide con el movimiento. Nos ha dado los vientos para descubrir lo que hay más allá de los mares; porque el hombre sería el más ignorante de los animales y sería el que tendría menos experiencia de las cosas, si quedase circunscrito al suelo natal.