Cuestiones naturales

Cuestiones naturales

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Dícese que pereció un rebaño de seiscientas ovejas, que se rompieron estatuas, y que después del terremoto se vieron vagar hombres locos y furiosos. El estudio de este fenómeno y de sus causas entra en el plan de mi obra, y encuentro para ello la oportunidad de un caso contemporáneo. Procuremos, pues, tranquilizar los ánimos asustados y disipar inmenso terror. Porque ¿dónde podrá creerse seguro nadie, si el mundo mismo se conmueve y sus partes más sólidas se derrumban? ¿cuando la única base inquebrantable y fija que sostiene todo lo demás, fluctúa, perdiendo el suelo su cualidad natural, la estabilidad? ¿Cuándo podrán cesar nuestros temores? ¿Dónde encontraremos refugio? ¿Adónde huiremos, en nuestro terror, si el peligro brota debajo de nosotros, y los abismos interiores de la tierra nos lo envían? Al primer crujido que anuncia que una casa va a derrumbarse, alármanse todos sus moradores, precipítanse al exterior y abandonan sus penates para confiarse a la vía pública. Pero ¿qué asilo se ofrecerá a nuestra vista, qué recurso, si es el mundo el que amenaza ruina, si lo que nos protege y sostiene, este suelo sobre que descansan las ciudades, si el centro y fundamento del universo, como han dicho algunos, vacila y se entreabre? ¿Qué encontrarás, no digo que te ponga en seguro, sino que te consuele, cuando el miedo no tiene donde huir? ¿Qué parapeto bastante fuerte para tu defensa y la suya? Al enemigo lo rechazo con la muralla, y fortalezas altas y escarpadas detendrán, con la dificultad del asalto, ejércitos numerosos. Contra la tempestad tenemos el abrigo del puerto; si las nubes se licuan sobre nosotros y arrojan sin cesar torrentes de lluvia, nuestro techo nos preservará; el incendio no persigue a los que huyen, y cuando el cielo ruge y amenaza, nos ponen a cubierto los subterráneos y profundas cavernas. El fuego del cielo no atraviesa la tierra, repeliéndole el obstáculo más pequeño del suelo. En tiempo de peste, puede cambiarse de lugar, y no hay calamidad que no pueda evitarse. Nunca ha destruido el rayo pueblos enteros; el aire pestilente despuebla una ciudad, pero no la hace desaparecer. El azote de que hablo se extiende mucho más; es inevitable, invisible, y hace innumerables víctimas. No devora algunas casas solamente, o algunas familias o una ciudad, sino que destruye una raza entera, o una comarca completa, convirtiéndola en ruinas o sepultándola en abismos sin fondo, sin dejar rastros que revelen que lo que no existe existió al menos alguna vez, y sobre las ciudades más famosas se extiende nuevo suelo, sin vestigio alguno de lo que fueron. Muchas gentes temen más que otro alguno este género de muerte que sepulta al hombre con su casa y le borra, vivo aún, del número de los vivientes, como si todo género de destrucción no llevase al mismo fin. En esto se muestra especialmente la justicia de la naturaleza, que cuando se llega al supremo término, todos somos iguales.


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