De la brevedad de la vida

De la brevedad de la vida

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¿Te preguntas quizás a quiénes llamo atareados? No tienes por 12qué pensar que sólo se lo digo a quienes los perros, azuzados finalmente contra ellos, expulsan de la basílica, a quienes ves ahogarse con todos los honores en su propio ajetreo o con todos los desaires en el ajeno, a quienes sus deberes sacan de sus casas para estrellarlos contra las puertas ajenas, a quienes la lanza del pretor no deja descansar por mor de una ganancia infame y que algún día va a reventar como un abceso.[31] 2El ocio de algunos es atareado: en su villa o en su lecho, en medio de la soledad, a pesar de que se hayan apartado de todos, resultan fastidiosos para sí mismos; su vida no hay que denominarla ociosa, sino ocupación desidiosa. ¿Llamas tú ocioso a quien clasifica con ansiosa precisión sus vasos de Corinto, valiosos por la manía de unos cuantos,[32] y consume la mayor parte de sus días en unos metales herrumbrosos? ¿A quien se sienta en la ceroma[33] (¡Qué abominación, en efecto, ya ni padecemos vicios romanos!), aficionado a los jóvenes luchadores? ¿A quien separa los rebaños de los suyos, ya untados, por parejas de edad y color?[34] ¿A 3quien mantiene a los atletas bisoños? ¿Qué? ¿Llamas ociosos a quienes pasan muchas horas con el barbero, mientras les rasuran lo que ha crecido quizá la noche antes, mientras celebran consulta sobre cada uno de los pelos, mientras les arreglan la cabellera despeinada o les echan hacia la frente desde ambos lados la que está desapareciendo? ¡Cómo se irritan si el barbero ha sido un tanto torpe, como si barbeara a un hombre! ¡Cómo se encienden si les han recortado un pelo de su cabellera, si alguno ha quedado fuera de su sitio, si todos no han caído en su rizo correspondiente! ¿Quién hay de esos que no prefiera que se descomponga el Estado antes que sus cabellos? ¿Que no esté más preocupado del arreglo de su cabeza que de su salud? ¿Que no prefiera ser más elegante antes que más honrado? ¿Ociosos llamas tú a éstos, ocupados 4entre peines y espejos? ¿Qué hay de aquellos <que> se han empeñado en componer, escuchar, aprender canciones, mientras su voz, cuya correcta emisión la naturaleza hizo excelente y sencillísima, la retuercen con los altibajos de una melodía inadecuada, aquellos cuyos dedos suenan siempre mientras miden para su coleto algún poema, aquellos que, cuando están dedicados a tareas serias, incluso a menudo tristes, dejan oír el tarareo de una melodía?[35] Ésos no tienen ocio, sino 5negocios inútiles. Por Hércules, yo no pondría sus banquetes entre sus ratos libres, cuando veo cuán cuidadosos disponen la plata, qué esmeradamente ciñen las túnicas de sus esclavos de placer, qué pendientes están de cómo sale el jabalí de manos del cocinero, con qué rapidez, al darse la señal, corren los esclavos imberbes a sus menesteres, con cuánto arte se trinchan las aves en trozos nada irregulares,[36] qué aplicadamente limpian los desdichados muchachitos las babas de los borrachos. Con esto se ganan fama de elegancia y magnificencia, y hasta tal punto en todos los avatares de su vida los persiguen sus males, que ni beben ni comen si no es por interés. Tampoco contaría yo entre los ociosos a 6los que se trasladan en silla o en litera de acá para allá y se presentan a las horas de sus paseos como si no les fuera posible faltar a ellos, a quienes otro ha de recordar cuándo deben lavarse, cuándo nadar, cuándo cenar; hasta tal punto se deshacen en la excesiva lasitud de su espíritu refinado, que no pueden saber por sí mismos si tienen hambre. 7Me cuentan que uno de esos refinados (si es que hay que llamar refinamiento a desaprender la vida y la conducta propias de un hombre), colocado en la silla, preguntó: «¿Ya estoy sentado?». ¿Piensas tú que éste, que ignora si está sentado, sabe si vive, si ve, si está ocioso? No sabría decir claramente qué me da más lástima, que lo ignorara o que fingiera ignorarlo. Sufren, de hecho, el olvido de muchas cosas, pero 8también simulan el de muchas. Ciertos vicios los complacen como si fueran pruebas de su felicidad: parece de hombre demasiado plebeyo y menospreciable saber qué haces. ¡Ahora ve y mantén que los mimos se inventan muchas cosas para criticar nuestro desenfreno! Por Hércules, pasan por alto más cosas de las que se inventan, y la enorme abundancia de vicios increíbles en esta época sólo para esto imaginativa ha llegado al extremo de que ya podemos denunciar la negligencia de los mimos.[37] ¡Que haya alguien que con los refinamientos se haya echado a perder hasta el punto de fiar en otro si está sentado! Luego éste no es 9un ocioso, podrías darle otro nombre: es un enfermo, más aún, es un muerto; es un ocioso aquel que de su ocio tiene también la sensación. Mas este vivo a medias, a quien hace falta un testigo para distinguir las posiciones de su propio cuerpo, ¿cómo puede éste ser dueño de ningún tiempo?


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