Tratados morales

Tratados morales

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«El no sentir los males no es de hombres, y el no sufrirlos no es de varones.» Habiendo referido todos los Césares a quien la fortuna quitó hermanos y hermanas, no puedo pasar en silencio al que debiera ser repelido del número de los Césares, por haberle criado la naturaleza para acabamiento y afrenta del linaje humano; aquel que dejó el Imperio de todo punto perdido para que le recrease la clemencia de nuestro piadosísimo príncipe.

Habiéndosele muerto a Cayo César su hermana Drusila, debiendo por su muerte tener antes gozo que dolor, huyó de la vista y trato de sus ciudadanos, y no se halló en las exequias de su hermana ni pagó las obligaciones, antes se fue a su Albano. ¿Aligeró, por ventura, el dolor de la acerbísima muerte asistiendo al tribunal, oyendo a los abogados, o con otros negocios de este género? ¡Oh afrenta del Imperio, que en la muerte de una hermana hayan sido los dados el consuelo de ánimo de un príncipe romano! Este mismo Cayo con la loca inconstancia anduvo, ya con barba y cabello descompuesto, ya midiendo sin concierto las costas de Italia y Sicilia, sin jamás tenerse certeza si quería que su hermana fuese llorada o venerada. Porque en la misma sazón que determinaba edificarle templos y altares, castigó con cruelísima demostración a los que vio estaban poco tristes. Porque con la misma destemplanza de ánimo sufría los golpes de sucesos adversos, con que, levantado de los prósperos, se ensoberbecía fuera del humano modo.


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