Azabache

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—Pues aquí tendrán que soportarlo —declaró York—. Por mi parte, prefiero la rienda suelta, y su señoría siempre es muy razonable respecto de los caballos, pero… la señora es otra cosa. Exige elegancia, y si los caballos de su carruaje no están sujetos con rienda bien tirante, ni siquiera los mira.

—Lo lamento, lo lamento mucho —comentó John— pero ahora debo irme o perderé el tren.

Se nos acercó a cada uno para palmearnos y hablarnos por última vez, con voz muy triste. Yo le acerqué la cara, ya que no podía decirle adiós de otra manera; por fin partió, y desde entonces no lo he vuelto a ver.

Al otro día fue a vernos Lord W… que se mostró muy complacido por nuestra apariencia.

—Tengo gran confianza en estos caballos —declaró— según la recomendación de mi amigo, el señor Gordon. Aunque su color no combina, pienso que vendrán muy bien para el carruaje mientras estemos en el campo. Antes de partir para Londres, tengo que tratar de emparejar a Barón; me parece que el caballo negro es perfecto para montar.

Entonces York le contó lo dicho por John sobre nosotros.

—Bueno, vigila bien a la yegua, y no le aprietes mucho la rienda tensa —concedió él— tal vez convenga acostumbrarlos de a poco. Se lo diré a la señora.


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