Azabache

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—Mil perdones, señora, pero estos caballos no conocen la rienda tensa desde hace tres años, y el señor dijo que sería más seguro ponérsela de a poco.

Pero, si su señoría lo desea, puedo correrla un poco más.

—Hazlo —ordenó ella.

York se nos acercó y acortó la rienda un agujero, según creo. Cada pequeña diferencia influye, sea para bien o para mal, y ese día debíamos subir una colina empinada. Fue entonces cuando empecé a comprender lo que había oído decir. Por supuesto, yo quería echar adelante la cabeza y arrastrar el carruaje con vigor, como estábamos habituados a hacer; pero no: tenía que tirar con la cabeza alta, y eso me desanimaba, obligándome a esforzar el lomo y las patas.

Cuando llegamos, dijo Bravía:

—Ahora ya sabes cómo es, pero esto no es tan malo, y si no empeora más, nada diré, porque aquí nos tratan muy bien. Pero si me ponen la rienda demasiado tirante, pues… ¡que se cuiden! No lo tolero y no lo toleraré.


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