Azabache
Azabache Día a día, agujero tras agujero, nos acortaron las riendas tensas, de modo que, en vez de esperar con placer que me pusieran el arnés, comencé a temerlo. También Bravía parecía inquieta, aunque poco dijo. Por fin supuse que había pasado lo peor; hacía tres días que nadie nos acortaba las riendas, de manera que resolví soportarlo lo mejor posible y cumplir con mi deber, aunque en adelante sería un acoso continuo en lugar de un placer. Sin embargo, faltaba lo peor.
Un día la señora bajó más tarde que de costumbre, con más crepitar de sedas que nunca.
—Llévame a casa de la duquesa de B… —dijo, y al cabo de una pausa, agregó— York, ¿no piensas levantarle nunca la cabeza a esos caballos? Levántaselas ahora mismo, y basta de esas tonterías de llevarles la corriente.
Mientras el lacayo aguardaba junto a Bravía, York se me acercó primero; me echó atrás la cabeza y ajustó tanto la rienda que casi no podía tolerarla. Hecho esto, se dirigió a Bravía, que sacudía la cabeza con impaciencia contra el freno, como solía hacer. Dándose cuenta de lo que se avecinaba, en cuanto York desabrochó su rienda para acortársela, aprovechó la oportunidad para encabritarse, tan súbitamente que York recibió un fuerte golpe en la nariz que le hizo caer el sombrero, mientras el lacayo rodaba por tierra.