Azabache
Azabache Los dos se precipitaron enseguida sobre ella, que se resistió sin dejar de corcovear y encabritarse, mientras pateaba como desesperada. Por fin tropezó con la pértiga del carruaje y cayó, después de darme una fuerte coz en el cuarto más cercano a ella.
Imposible saber qué más habría hecho, si York no se hubiera apresurado a sentarse sobre su cabeza para impedirle forcejear, al tiempo que gritaba:
—¡Desaten al caballo negro! Traigan el manubrio y desenrosquen la pértiga; y si no pueden desprender el tirante, que alguien lo corte.
Uno de los hombres corrió en busca del manubrio, mientras otro traía un cuchillo desde la casa. El lacayo me apartó de Bravía y del carruaje para conducirme a mi pesebre, donde me dejó tal como estaba antes de correr junto a York.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que dos lacayos llevaran a Bravía, bastante maltratada y magullada. York, que llegó con ella, impartió algunas órdenes antes de acercárseme. No tardó entonces en soltarme la cabeza.
—¡Malditas riendas tensas! —murmuró para sí—. Ya imaginaba yo que tendríamos problemas… el amo se enojará muchísimo, pero, bueno… si el esposo de una mujer no puede dominarla, un criado menos, de modo que me lavo las manos, y si no llega a la fiesta de la duquesa, tanto peor.