Azabache
Azabache York no dijo esto ante los demás criados, pues siempre hablaba respetuosamente en su presencia. Al palparme por todas partes, no tardó en descubrir el sitio en donde había recibido la patada por encima del corvejón, y que tenía hinchado y dolorido. Ordenó entonces que me pasaran una esponja con agua caliente y me frotaran con alguna loción.
Cuando se enteró de lo sucedido, Lord W… se disgustó mucho, y culpó a York por ceder ante su ama, a lo cual repuso éste que en el futuro prefería recibir las órdenes directamente de su señoría. Sin embargo, creo que todo quedó en nada, pues la situación continuó igual. Me pareció que York podría haber defendido más a sus caballos, pero acaso no esté en situación de juzgar.
Ya no volvieron a uncir a Bravía al carruaje; en cambio, cuando sus magullones curaron, uno de los hijos menores de Lord W… la pidió para él, pues estaba seguro de que sería buena para la caza. En cuanto a mí, seguí obligado a tirar del carruaje, ahora con otro compañero, llamado Max, que estaba acostumbrado de siempre a la rienda tensa. Cuando le pregunté cómo la toleraba, me contestó:
—Pues la tolero porque no tengo más remedio, pero está acortando mi vida, como acortará también la tuya, si la sigues usando.