Azabache
Azabache —¿Crees que nuestros amos sabrán cuánto mal nos hacen? —quise saber.
—No sé decÃrtelo —me respondió— pero los tratantes y veterinarios lo saben muy bien.
DifÃcil me resultarÃa describir lo que sufrà durante cuatro largos meses con esa rienda, pero seguro estoy de que, si eso hubiera durado mucho más, habrÃa perdido la salud o el buen carácter. Antes no sabÃa lo que era echar espuma por la boca, pero ahora la presión del afilado freno sobre la lengua y la mandÃbula, asà como la posición forzada de la cabeza y la garganta, me obligaban a hacerlo constantemente.
En mi antiguo hogar, sabÃa siempre que John y el amo eran mis amigos; en cambio allÃ, aunque en muchos aspectos me trataban bien, no tenÃa amigo alguno. York debÃa saber, y probablemente sabÃa, cómo me fastidiaba aquella rienda, pero parecÃa considerarlo inevitable. Fuera como fuere, nadie hizo nada por aliviarme.
A comienzos de la primavera, Lord W… y parte de su familia viajaron a Londres, llevándose consigo a York. BravÃa, yo y algunos otros caballos quedamos en casa, a las órdenes del jefe de caballerizos.