Azabache

Azabache

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La señora Harriet, que se quedó en la mansión, era una inválida que nunca salía en carruaje, mientras que Lady Anne prefería montar, en compañía de su hermano o sus primos. Era una amazona perfecta, tan alegre y gentil como bella, y me eligió como caballo suyo. Me agradaban mucho esos paseos al aire claro y frío, a veces con Bravía, otras con Lizzie, una yegua baya casi de pura sangre, gran favorita de los caballeros a causa de su porte y pujanza. Pero Bravía, que la conocía más que yo, me dijo que era un tanto nerviosa.

Un caballero apellidado Bantyre, que se alojaba en la mansión, montaba siempre a Lizzie, y tanto la elogió que un día Lady Anne ordenó que se colocara a ésta la silla para mujer, y a mí la otra montura. Cuando llegamos a la puerta, el caballero preguntó, muy inquieto:

—¿Qué pasa, se cansó de su buen Azabache?

—Oh, no, de ninguna manera —contestó ella— pero por pura amabilidad le permitiré montarlo una vez, mientras yo pruebo a su encantadora Lizzie. Deberá confesar que, en cuanto a tamaño y apariencia, es mucho más adecuada para una dama que mi propio favorito.

—Permítame aconsejarle que no la monte —insistió él— aunque es un animal cautivador, es demasiado nerviosa para una mujer. Le aseguro que no es completamente segura; permítame rogarle que haga cambiar las monturas.


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